Forjarse Entrenador

Siempre he dicho que un día elegí ser Entrenador. Puede que me haya estado engañando a mi mismo todo este tiempo y que sea Entrenador por descarte, comodidad o simplemente, ingenuidad.

A veces sueño justo lo contrario, que he sido elegido para ello.

Pero esta cuestión no es importante. Si uno permanece en ese estadio de reflexión demasiado tiempo, divisa en el horizonte una capa de vanidad que va espesando el camino por donde avanzar.

Un Entrenador sabe escoger esos momentos vividos, en cada una de las temporadas deportivas, que definen y sintetizan con precisión su trayectoria hasta la fecha.

Y en cada uno de esos momentos un nuevo aprendizaje, un signo de transformación, un imperceptible cambio en tu piel.

Con el tiempo, solo con el tiempo, uno descubre que todos esos momentos reposan en el regazo de la Identidad. Difícil de caracterizar y de definir. Apenas uno la verbaliza a lo largo de su vida.

Ser Entrenador es una sucesión de pasos, grandes, medianos, pequeños, pasos de retroceso, de estancamiento, de parada obligada, impuesta y la menor de las veces voluntaria. Pasos en definitiva, que solo la voluntad individual puede adjetivizar. En el caso que pueda.

Con cada paso uno llena todos los huecos de una mochila que, de manera erronea, pensamos que cambia su tamaño. Cuando esto sucede conviene revisar con carácter de urgencia, si no es alguna parte de nuestro interior la que ha modificado sus proporciones.

Evolucionas con un recuerdo de jugador, recabas en la memoria alguna enseñanza de no todos los entrenadores que pasaron en tu formación.

Le das vida a lo que antes solo era un reproductor de películas y empiezas a desenpolvar la función de grabación, abandonada a su suerte, años antes  no te grabas tu primer partido, no lejos de tu bandera, pero si con segundas intenciones.

Descubres libros y revistas especializadas, más videos ya editados, ves partidos, más partidos y vuelves a empezar otra vez con los mismos. De golpe, un sin sentido.

Dibujas. Primero copias, después creas. Puede que luego ni copies ni crees y descubras otro tipo de arte, el de la crítica.

Solo son pasos que dan lugar a todos esos momentos que, más tarde que pronto, osamos reducir, para bien o para mal, a un solo concepto: Identidad.

Es una profesión, la de Entrenador, hecha para ser juzgada, por todo el mundo y si, por ti mismo también. Eres el primero en hacerlo; también el primero que aprende que minimizar sus efectos nocivos será uno de los grandes objetivos que te debes marcar.

Suena de fondo la canción que habla de las responsabilidades, de la enseñanza, del liderazgo, de las tácticas y el éxito o el fracaso. No la escucho, simplemente la oigo mientras escribo estas líneas.

¿Sabes que eres un buen Entrenador?

Si lo sabes. Pero ser buen Entrenador es un concepto etereo.

Uno es buen Entrenador hasta que pone al descubierto los límites de los jugadores a los que dirige. Por supuesto me refiero a una exposición pública en el seno del propio equipo.

Lo que pase a partir de ese momento nadie lo puede objetivizar. De tu labor surgen ramificaciones que escapan a tu control y que van a depender de la  actitud y predisposición que tomen los jugadores para afrontar el proceso de cambio, mejora y superación de esos límites que tu les planteas.

Esta pequeña o gran encrucijada que supone abordar los límites de los jugadores, debe partir de la premisa básica y para mi fundamental, que el entrenamiento es para los jugadores y se planifica y elabora a partir de ellos y con ellos.

No debe ser el Entrenador el punto de partida, donde todo gire entorno a su figura, porque confundamos conceptos como responsabilidad y liderazgo. El Entrenador no es el epicentro de la exposición de ese plan elaborado con contenidos técnicos, conceptos tácticos, objetivos individuales, colectivos, de realización o de resultado.

La exposición gratuita que parte del Entrenador conduce a un malbaratamiento del tiempo y la energía necesarias para afrontar una larga temporada, tanto del técnico como de los jugadores.

Es un proceso emocionalmente vanidoso en el que incurre el Entrenador y contraproducente para el retorno que le llegue de parte de los jugadores, en forma de no reconocimiento, falta de confianza y un engendro no deseado de actitudes interesadas por parte de éstos.

¿Lo sabes todo de tu deporte?

Nunca se sabe todo, verdad? Pero poco a poco dentro de ti va naciendo un sentimiento, que recorre el camino hacía “Experto” en la materia. Y en ese camino focalizas tus energías y diriges tu voluntad.

Si algo he aprendido de todos estos años, es que el último aprendizaje siempre está por llegar.

Recientemente he aprendido que entrenar no solo es acumular conocimientos, ordenarlos, seleccionarlos, exponerlos, transmitirlos, que el jugador los interiorice, añadirles ingredientes como trabajo, talento, suerte y a jugar.

Es todo esto. Pero entrenar es anticipar y actuar sobre todas aquellas instantáneas que sacas de los jugadores dentro del proceso de entrenamiento, la planificación y la periodización táctica prevista para la temporada y que surgen fuera de ese foco de atención e interés primarios y en momentos no previstos.

Es ahí donde reside una de las claves más importantes de ser Entrenador.

No solo ser capaz de poner sobre la mesa todas las fotos sacadas durante la temporada y hacer un análisis a posteriori, que ayude a pasar balance o explique determinados rendimientos o resultados. Sinó sacar la foto, hacerle el revelado rápido y actuar con inmediatez sobre ella. Esto mismo, una foto tras otra, y otra.

Pero eso requiere tiempo y acumular experiencias significativas.

Todo lo que se aprende está para cuestionarlo. Ninguna teoría o experiencia sirve por igual a ningún individuo. Empezando por este texto que lees.

Hay que desafiarlas y confrontarlas para encontrar el éxito y el fracaso cara a cara. Y volver a empezar. Cambiar de nuevo la piel. Forjar la Identidad.

Aquella canción que se oía de fondo… ya terminó.

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