bALONCESTO, con “b”.

Ando algo preocupado y melancólico de recientes tiempos pasados, debido al baloncesto que juegan hoy los niños y adolescentes. Me da pereza citar ese baloncesto “de formación” o “de base” porque de tanto usar esos términos, la nomenclatura carece de valor y significado y sirve de cortina para separar el verdadero baloncesto que se practica en la trastienda de los clubs o simplemente en los espacios individuales que ocupan entrenadores, sin vínculo alguno, que no sea el equipo que en suerte les ha tocado dirigir.

En la base de la pirámide que forman todos los clubs del país, encontramos a la mayoría silenciosa, esa que año tras año, conforma su estructura en base a los equipos que podran salir a jugar en una competición, bien sea escolar o federada, es donde nos encontramos la mayoría de nosotros, porque son pocos los que forman parte de la punta de esa pirámide que se hallan en entornos de equipos cuyo espejo define un sinuoso trazo a la alta competición o de élite o, vulgarmente hablando,  profesional.

Como el brillo de esa punta de la pirámide, aún no ha deslumbrado mis ojos, no puedo hablar sobre ella. Tal vez “algún día”, tal vez un “nunca”,  tal vez un “jamás”.

Hoy todo es más complejo. La crisis, ya sabeis. Y con ella, poco dinero, poca solidaridad y mucho conformismo. Mucha exigencia para con los demás y poca con uno mismo. Muchos derechos, porque solo faltaría con la que está cayendo y nosotros debajo y pocas obligaciones, porque solo y llanamente, es más fácil vivir con el pobrecito de mi.

Directivos, entrenadores, padres, jugadores y si existe la figura del coordinador o director deportivo, forman la expedición al apocálipsis diario, que cada uno de esos círculos o grupos piensan, sienten y viven de manera individual. Todos contra todos la mayor de las veces; unos pocos contra otros pocos algunas veces y todos contra uno, una vez, cuando el resto de batallas han minado las fuerzas de todos. Así lo vivo y lo percibo cada día.

De todas las etiquetas que uno va coleccionando por su paso en el bALONCESTO, me quedo con la de Entrenador y que cada uno le de el significado que quiera. Formador, educador, psicólogo, filósofo, director de orquesta y cuantas otras responsabilidades quieran, nos han metido en nuestro DEBE.

Yo solo quiero ser, vivir y sentir ese talento, mejor o peor aprovechado, que descubrí cuando era un niño y jugaba con mis muñecos primero y con las representaciones gráficas de los juegos de ordenador después, a simular partidos de futbol o de baloncesto, disponiendo a los “nombres” que querían que formasen parte de mi juego y ha jugar los partidos de una “MANERA” concreta, retadora, compleja, porque cuando uno juega solo, o contra la máquina siempre o casi siempre acaba encontrado la manera de ganar. Y ganar de cualquier manera, lo siento, me aburre.

Cuando empecé a entrenar a niños, con el tiempo, solo con él, pude poner nombre a eso que nombramos talento y que los que saben, dicen que cada uno de nosotros tenemos el nuestro. Repito: mejor o peor aprovechado, pero es ese que me permite hacer lo que más me gusta y mejor se hacer.

Pero pasa el tiempo e identificas y vas conociendo a los jinetes del apocalipsis, forman parte de tu actividad diaria, de tu proceso de crecimiento o estancamiento como Entrenador. Condicionan tu manera de pensar, te confrontan con tu sentir interno y toman parte en las decisiones más o menos concientes que debes tomar cada día en relación al equipo y los jugadores que lo forman.

Me considero afortunado porque tuve la suerte de vivir por un tiempo la pureza de entrenar. Tengo mis dudas que los jóvenes Entrenadores dispongan de tal suerte en el complejo entramado que supone formar parte de un deporte de equipo cualquiera, en nuestro caso el bALONCESTO.

No se si ellos disfrutan de ese espacio personal, con tiempo, respeto y confianza en su persona incluidos, en el que vayan descubriendo un nuevo mundo, el del entrenamiento.

Tampoco se si tendran la oportunidad de encontrar ese objeto que les vincule con su elección y sea el fuerte anclaje que les lleve hasta las entrañas de ese mundo. En mi caso, fue un libro de ejercicios que me regalaron cuando empezaba a entrenar, el que me ancló en el estudio del bALONCESTO.

Hay tantas cosas que no se, de las que dudo que dispongan las nuevas generaciones de Entrenadores…

Porque uno de nuestros objetivos es enseñar el JUEGO del baloncesto y para ello el Entrenador debe prepararse, técnica y tácticamente, debe interesarse por conocimientos sobre psicología, preparación física, dirección de equipos, comunicación, entre otros.

Cuando uno no se prepara, no halla ni alimenta pasión alguna, el JUEGO y su entrenamiento se convierte en una serie de DIRECTRICES inconexas las cuales hay que TRABAJAR. Y cuando oigo en una cancha de bALONCESTO, donde juegan niños o adolescentes y por extensión baloncesto senior, la palabra “Trabajar” algo en mi interior muere.

Espero tener la fuerza necesaria para ponerme en camino, tantas veces como me salga de él, de la pasión que descubrió mi talento y viajar junto a todo aquel Entrenador que quiera hacerse suyo el objetivo de cambiar esa pequeña “b” por una fuerte y sólida “B”, que sea el pilar donde se sustenten unas BASES=b sólidas, llenas de contenido, de enseñanza y aprendizaje continuo y que hiervan al fuego lento de la PASIÓN por este juego.

No es cuestión de un mal resultado, una mala semana de entrenamientos o un mal despertar, los que me llevan a esa reflexión; solo es una emoción que nace cuando pienso menos de lo que realmente vivo el bALONCESTO.

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